La cara oculta del Tíbet

bushlama

El Tíbet es una vasta región centro-asiática situada en plena cordillera del Himalaya. Su geografía mesetaria y la disposición de las tierras habitables en valles encajados entre altas montañas hicieron que hasta mediados del siglo XIX el territorio sufriera un severo aislamiento y desarrollara unas características socio-religiosas particulares.

Es por ello que, aunque el budismo se introdujo en las élites feudales alrededor del siglo VI, la extensión de la religión por la totalidad del territorio no se hizo efectiva hasta seis siglos más tarde por la difícil comunicación entre sus valles, donde está el grueso de la población. El budismo consiguió acabar con el chamanismo popular en torno al siglo XIII y se fortaleció con la dinastía mongola de los Yuan y la dinastía china de los Ming, que controlaron la región tibetana desde el siglo XII hasta el XVII.

Durante este periodo se estableció el modelo de sociedad que perduraría hasta mediados del siglo XX. Ante la imposibilidad de los reinos asiáticos que controlaban formalmente el Tíbet de gobernar efectivamente tan impenetrable región, se alzaron dos jerarcas supremos que controlarían todo el poder político y religioso: el Dalai Lama y el Pachem Lama.

A pesar de que los señores feudales tibetanos debían ceder tributos a los gobernantes chinos, eran los dueños de más del 90 % del total de las tierras cultivables y de casi la totalidad de la riqueza nacional, entre las que se encontraban la cabezas de ganado, principal sustento de la población. Tenemos así un modelo de producción feudal con una gran desigualdad entre las clases altas religiosas y los siervos y esclavos.(1)

En 1904, coincidiendo con las últimas expansiones del colonialismo europeo, los británicos conquistaron el Tíbet para crear una barrera de contingencia que protegiera sus colonias en la India. Las presiones del ejército chino hicieron que dos años más tarde se firmara un tratado por el cual la región dejaba de ser un protectorado británico y pasaba al control de la dinastía Qing que iba a ejercer por primera vez un gobierno directo sobre el Tíbet.

Sin embargo al proclamarse la República Popular China en 1911 el Dalai Lama aprovechó la situación de inestabilidad para proclamar unilateralmente la independencia del Tíbet, con el apoyo de Mongolia inferior, la otra gran región separatista de China junto con Xinjiang. El proceso de independencia contó con el apoyo formal de Reino Unido a cambio de la obtención de una parte del territorio tibetano, cosa que no sentó bien a la República de China que seguía considerando al Tíbet como propio y veía la declaración como una deliberada invasión de su Estado.

En 1914 la entrada del Imperio británico en la Primera Guerra Mundial provocó su retirada del conflicto tibetano. El poder político quedó entonces en manos del Dalai Lama que siguió gobernando de forma despótica hasta 1949, ante la incapacidad de intervención china, sumida en conflictos constantes tanto internos, durante la Guerra Civil, como externos, con la invasión japonesa.

La población tibetana continuaba a principios del siglo XX sufriendo penurias, frío y hambre y estaba sometida a todo tipo de prácticas abusivas. Existía una gran desigualdad social entre las élites religiosas y los siervos. Estos últimos eran castigados físicamente por sus amos y sufrían jornadas laborales de dieciocho horas, lo que provocaba su muerte frecuentemente por agotamiento. Se realizaban compra-ventas de personas y las tradiciones religiosas abusivas y supersticiones que atentaban contra la población estaban normalizadas: ejecuciones de gemelos y madres de gemelos por ser espíritus malignos, la quema de alimentos como ofrendas a los dioses en épocas de escasez, etc. (2)

La realidad del Tíbet en los años previos a la Revolución China era la de un cerrado sistema feudal donde la riqueza era acumulada por unos pocos señores mientras el pueblo tibetano moría de hambre y enfermedades. Los datos reflejan las altas tasas de mortalidad infantil, la baja esperanza de vida (en torno a los treinta y seis años) y la enorme reducción de la población en el periodo 1911-1950, que pasó de cinco a dos millones de habitantes.(3)

Al finalizar la Guerra Civil China con victoria comunista se proclamó en 1949 la República Popular de China. El Partido Comunista Chino obtuvo la victoria al lograr controlar la mayor parte de la China continental, expulsando al Kuomintang a la isla de Taiwán. En ese momento, el Tíbet seguía perteneciendo a China de facto aunque no ejerciera ningún control real sobre la región, más allá de una vaga presencia militar y aisladas recaudaciones de tributos que los Lamas aceptaban simbólicamente.

El 7 de octubre de 1950 el Ejército Popular de Liberación invadió el Tíbet, en lo que se conoce en China como “Liberación pacífica del Tíbet”,  ya que es cierto que gracias a la superioridad del ejército chino no hubo prácticamente resistencia y los daños fueron mínimos. Un elemento importante de la operación fue el tratado firmado por la República Popular China y el Dalai Lama, en el que se reconocía la soberanía china en el Tíbet en diecisiete puntos. Sin embargo el propio Dalai Lama renegó del tratado años más tarde alegando que fue acordado en contra de su voluntad y bajo la obligación de las circunstancias del momento.(4)

Las distintas fuerzas políticas que habían controlado China habían tenido desde la caída de la dinastía Qing posiciones diferentes con respecto a los nacionalismos y el derecho de autodeterminación. En primer lugar Chiang Kai-Shek desplazó la cuestión a un lado permitiendo que las distintas regiones obraran por su cuenta. Algunas como Mongolia contaron con el apoyo de la URSS para su independencia, pero el Tíbet, por su condición geográfica, quedó completamente aislado.

Por su parte, el Partido Comunista Chino, en su ideario elaborado en 1931, estableció que todas aquellas nacionalidades distintas a la etnia Han tenían derecho a unirse a China, si esa era su voluntad, bajo la forma de una región autonómica de carácter especial que decidiría en un futuro sobre la cuestión de la autodeterminación. Esta postura cambió en 1935 con la llegada de Mao Tse-Tung a la dirección del Partido. La reestructuración de los principios del Partido Comunista Chino vino dada por la invasión japonesa de China. Mao recurriría al principio marxista internacionalista para unir a todas las etnias chinas (puesto que muchas de ellas no se auto-reconocían como nación) para hacer frente al invasor japonés.

Años más tarde, en 1945, con la derrota de Japón y la retirada de su ejército de la China continental, se volvió a modificar la postura con respecto a la cuestión nacional. Debido a las situaciones de descontrol provocadas por parte de algunas etnias en el centro del país, se aprobó una postura más centralista dentro del Partido. En esos momentos el Partido Comunista Chino empezó a seguir firmemente los principios desarrollados por Stalin que se habían aplicado en la Unión Soviética, un territorio también muy amplio compuesto por diversos grupos étnicos y culturas. La idea era la siguiente:

“Todas las naciones minoritarias debían permanecer dentro de China y así beneficiarse de la Revolución.[…] Esto se justificaba en dos puntos principales: primero, que la República Popular China era heredera de los territorios bajo dominio del Imperio, y, segundo, se identificaba la cuestión nacional de China con una interpretación de clase, de manera que en el momento en que las clases oprimidas pertenecientes a las diferentes nacionalidades vencieran a la élite explotadora, la división nacional en China desaparecería.” (5)

Muchos autores consideran que es tendencioso considerar la ocupación china del Tíbet como una invasión, puesto que realmente el territorio tibetano pertenecía al Imperio chino, y posteriormente a la República Popular China, desde hacía más de siete siglos. Además los sectores más progresistas en Occidente defienden la postura de que, frente al gobierno de carácter feudal lamaísta que mantenía al noventa por ciento de la población en condiciones de esclavitud o semi-esclavitud, la ocupación china no suponía un retroceso en las condiciones de vida del pueblo tibetano, es más, permitía a los tibetanos participar en el proceso revolucionario para la mejora de dichas condiciones.

Una vez instalado el nuevo poder chino en el Tíbet los gobernantes se enfrentaron al hecho de la escsa presencia de cuadros del Partido Comunista Chino en la región. La falta de miembros, unido al peso de la ideología internacionalista que primaba en esa época en el PCCh, dio lugar al mantenimiento de estructuras políticas autóctonas tibetanas, para que desarrollaran la Revolución en su propio contexto. Muchas de ellas se siguen manteniendo hoy en día.

Con el paso de los años, la situación se fue agravando y los conflictos entre el ejército y el Partido por un lado y los monjes y lamas, que deseaban volver al sistema feudal, por otro se siguieron sucediendo. En el año 1956 el gobierno chino abolió definitivamente toda estructura social feudal y de vasallaje. El sistema de gobierno religioso excluyente y racista del Tíbet fue sustituido por un sistema económico de propiedad comunal bajo una apabullante propaganda china y el comienzo de un poblamiento de chinos de la etnia Han en las regiones del Himalaya.

Con el transcurso de los años y como consecuencia de la presencia del gobierno chino en el Tíbet, se ha acusado a China de mantener un régimen represivo contra la población tibetana. Es cierto que desde el Partido Comunista Chino siempre se ha intentado mantener un control sobre la región y eso ha supuesto el uso de prácticas como la censura, la contención policial y un intento de desacreditar a toda institución religiosa lamaísta, aun cuando modificaron su carácter feudal. Asimismo, no hemos de olvidar un factor clave que agravaba severamente las políticas de control chinas sobre el Tíbet: la financiación de la CIA a la oposición secesionista tibetana.

Desde 1950 el Dalai Lama ha estado a la vanguardia de la mayoría de los conflictos étnicos que se han producido en el territorio chino. EEUU encontró en el apoyó al Dalai Lama una oportunidad para desestabilizar internamente a China. La dinámica occidental de injerencia en China desde los años cincuenta pasa por la financiación de grupos extremistas tanto en el Tíbet como en la región del Xinjiang, de mayoría étnica turca uigur y religión musulmana y, en menor medida, en Mongolia Interior y Taiwán. Además, el control de estas zonas supone una barrera de contención a los intereses económicos chinos en el plan de creación de una Gran Ruta de la Seda. Dos artículos publicados, uno en el Chicago Tribune y otro en el Newsweek, analizaban la implicación y financiación de la CIA a los disidentes tibetanos desde los años 50 hasta los 70. (6)

“Ciertos monasterios se convirtieron en centros de la actividad secreta contrarrevolucionaria y en almacenes de armas que la CIA norteamericana enviaba desde la India. La CIA estableció un centro de entrenamiento de agentes tibetanos en el campo Hale de Montanas Rocosas en Colorado por su gran altitud. También fueron entrenados mercenarios tibetanos en bases norteamericanas de Guam y Okinawa. En total los EE.UU. entrenaron militarmente a 1.700 tibetanos en los años 50 y 60.” (7)

Durante los años 50 las condiciones de vida del pueblo tibetano mejoraron considerablemente con las políticas del Partido Comunista Chino, al fomentar la creación de una buena cobertura sanitaria, la escolarización casi universal de los niños tibetanos, la redistribución de la tierra a la población, la construcción de una red de transportes y la llegada de mercancías y redes de comunicación y políticas de igualdad de género y de raza contrarias a las tradiciones lamaístas, que sacaron a la región del aislamiento que había sufrido durante siglos. Todas estas iniciativas tuvieron efectos positivos sobre el pueblo tibetano que vio como se reducía la mortalidad infantil a niveles mínimos y la esperanza de vida se duplicaba.

Con sus más y sus menos, el Partido Comunista Chino ha respetado desde los años 50 la situación socio-cultural del Tíbet. La República Popular China logró mejorar la calidad de vida de las masas populares mientras hacía frente a una contrarrevolución financiada por potencias extranjeras que tuvo su punto álgido en la sublevación de los mercenarios lamaístas en Lhasa en 1959. La revuelta fue sofocada por el Ejército Popular de Liberación chino tras duros enfrentamientos armados. Tras el fracaso de la oposición armada es importante destacar la importancia del discurso mediático occidental que durante la segunda mitad del siglo XX se ha esforzado en identificar al Dalai Lama como un referente espiritual en vez de como un líder religioso con intereses políticos reaccionarios.

Es cierto que con el paso de los años las políticas del Partido Comunista Chino con respecto al control de la libertad de expresión en el Tíbet podrían suavizarse. La oposición ha pasado principalmente al ámbito de la propaganda anti-China en Occidente, dejando apartada la financiación de opositores radicales armados a otras regiones, como el apoyo al fundamentalismo islámico en Xinjiang.

 

04/01/2016                                                                                                           Arturo C. Fernández-Le Gal (@ACF_LEGAL)

Publicado originalmente en: KATARAZAN

Anexos

1Han Suyin, Lhasa, the Open City: Journey to Tibet, Jonathan Cape Ltd, 1977.

2Han Suyin, Lhasa, the Open City: Journey to Tibet, Jonathan Cape Ltd, 1977.

3Grunfled, A Tom. The Making of Modern Tibet, M.E. Sharpe, 1996.

4http://tibet.net/

5 Vera Ríos, Carrillo. Tíbet y los intereses estratégicos de China, India y EEUU: una aproximación histórica. Pg 7

6 Newsweek,“La guerra secreta en el techo del mundo”, 16 ago 1999 Chicago Tribune, “La guerra secreta de la CIA en el Tibet”, 25 ene 1997

7 Egido, Jose Antonio. Por el pueblo de Tibet y contra el feudalismo lamaísta, Rebelión, 2008.

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